Psicología, una mirada crítica en la actualidad.

Esta reflexión denuncia el momento en que la psicología pierde su esencia y se vuelve una herramienta al servicio del poder, olvidando su misión de cuidar el sufrimiento humano. A través de un tono filosófico e incendiario, critica cómo algunas prácticas profesionales —guiadas por dinero, burocracia o indiferencia— transforman la atención psicológica en un acto de violencia institucional. El texto cuestiona la traición ética de patologizar, revictimizar o desestimar el dolor, y llama a recuperar la humanidad, la dignidad y la responsabilidad moral que dan sentido verdadero a la profesión.

Hay un punto —silencioso, casi invisible— en que la psicología deja de ser refugio y se vuelve maquinaria.
Un punto en que la escucha se vacía, la ética se apaga y el sufrimiento se vuelve un trámite que hay que despachar en menos de 30 minutos.
Ese punto es donde la profesión muere.

Porque cuando la psicología se vende al dinero, lo primero que sacrifica es al ser humano.
Y lo hace sin pudor: con la máscara de la técnica, con la soberbia de los formularios, con la frialdad de quien ya no mira al otro, sino que mira su contrato, su carga laboral o el instructivo de la aseguradora.

La filosofía lo advirtió desde siempre:
cuando una institución convierte al sujeto en objeto, lo despoja de su alma.
Y una psicología que colabora con ese despojo —que revictimiza, que duda del dolor, que patologiza para conveniencia administrativa— no es psicología: es un acto de violencia disfrazado de profesionalismo.

¿En qué momento se dejó que el poder nos corrompiera la mirada?
¿En qué momento se olvidó que cada historia humana es irrepetible y sagrada?
¿En qué instante se acepta que nuestra labor podía usarse para quebrar, para silenciar, para disciplinar a quienes ya vienen rotos por la vida?

Cuando una psicóloga o psicólogo le cierra la puerta en la cara al padecer humano, no ejerce salud mental: ejerce dominación.
Y esa traición no solo daña al paciente, también destruye la esencia ética de toda una profesión.

Ojalá exista el coraje de mirarnos sin excusas.
Ojalá recordemos que la psicología nació para acompañar la fragilidad, no para castigarla.
Porque si perdemos eso, lo perdemos todo: la humanidad, la ética y la razón de existir de nuestro oficio.

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