En este ensayo poético, se explora la experiencia de los ciclos vitales desde una mirada psicológica y existencial.
A través de una prosa sensible y contemplativa, Felicidad, vida y la simpleza nos invita a pensar en la autenticidad, el desapego y el arte de comenzar de nuevo como formas de bienestar emocional y sentido de vida. Transita entre la memoria y la contemplación.
Es una invitación a despojarse de las armaduras con que atravesamos la vida y a reencontrarse con la calma de lo esencial. A través de un lenguaje íntimo y sensible, la autora reflexiona sobre los ciclos vitales, la herida de la infancia, la gratitud y el aprendizaje de vivir sin defensas, desde la mirada serena que concede la madurez emocional.
Tiene una estructura y un tono que lo ubican dentro de un género híbrido entre lo poético y lo ensayístico, muy afín a lo que se denomina ensayo poético o prosa poética reflexiva.
Felicidad, vida y la simpleza
“La vida posee un solo sentido: jugársela.
Y jugarse la vida tiene algo de apuesta.”
— Jacques Lacan
I. Los ciclos y las defensas
Si miramos con hondura cada ciclo vital, descubrimos que la vida nos va enseñando —a veces con ternura, otras con desgarro—.
Todo lo que nos rodea nos forma, nos roza, nos despierta.
Y así, viviendo, aprendemos.
De ahí surgimos.
Pero, ¿cuánto de ese aprendizaje nos enseñó a defendernos?
No crecimos en un suelo amoroso ni entre brazos atentos.
Fuimos infancias mirando al mundo adulto, ajustándonos, adaptándonos,
acomodándonos a su ritmo y su silencio.
Y en ese acomodo nació la mentira —esa pequeña mentira que nos salvó—,
la misma que con el tiempo se volvió costumbre.
¿De qué seguimos defendiéndonos?
Tal vez del daño.
Tal vez del miedo a ser vistos.
Los ciclos nos cansaron tantas veces.
Y aprendimos a resistir.
Pero llega un momento en que ya no tiene sentido esconderse.
Ni fingir.
Ni cargar máscaras como si fueran amuletos.
Entonces, un día, quitamos la mochila del alma y la sentimos ligera.
Blanda.
Liviana.
Ya no importa parecer.
Ahora solo importa ser.
II. La calma y el paso lento
Dejamos que la vida ocurra sin el peso del control.
Ya no nos aterra la escasez.
Lo que hay es suficiente.
Aprendemos a ser ermitaños por temporadas,
y también a regresar, porque comprendemos que los otros son necesarios,
pero no imprescindibles.
Ya no hay dependencia ni tiranía afectiva.
Podemos dejar que el otro cierre la puerta
y, aun así, caminar tranquilos.
Aprendemos a consolarnos.
A cuidar la herida cuando duele, cuando arde,
cuando está delicada.
Le damos tiempo.
La miramos con la calma de saber que nada es eterno.
Y en esa espera silenciosa, ocurre lo inesperado.
Porque la vida —en su ironía divina—
siempre sorprende cuando ya no la esperamos.
La calma nos invita a un paseo lento,
a una caminata sin meta.
Y en esa lentitud descubrimos lo que antes no vimos:
el aire, la luz, el sonido de una hoja cayendo.
Eso es la simpleza:
el paso lento,
la escucha atenta,
la mirada que no esquiva.
III. Volver a empezar
Llegar al mar.
Quitar los calcetines.
Mojar los pies y jugar con las olas,
saludarlas como a viejas amigas.
Inspirar profundo.
Agradecer lo divino que nos habita.
Y entonces todo cambia:
el café sabe distinto,
el aroma se vuelve presencia.
Una taza sin platillo, libre, entre las manos.
Me permito sorbetear, rompiendo el mandato de “eso no se hace”.
Porque ya no hay vergüenza en el placer simple.
Y así, entre risas suaves, se comparte la conversación con alguien que inspira.
Alguien que recuerda, con palabras que brillan como un regalo:
“La vida posee un solo sentido: jugársela.
Y jugarse la vida tiene algo de apuesta.”
Elijo volver a empezar.
Quizás de eso se trata todo:
de quitarle el miedo a esa frase,
de soltar el temblor que la acompaña.
Porque ¿qué sería de nosotros sin la fuerza para volver a empezar?
Quedaríamos atrapados en el ciclo eterno de la repetición.
Y no.
Aun con las heridas,
aun con las sombras,
podemos construir la alegría.
Has podido vivir bajo una doctrina toda tu vida,
pero eso no te define.
Siempre hay una nueva forma de habitar el mundo.
Y así, entre lo que se cae y lo que florece,
te vas construyendo, desde esta simpleza,
esta forma quieta y profunda
de llamar a la vida.
Para quien comprende que la belleza no está en la perfección,
si no en la serenidad de seguir viviendo,
ligeros y presentes,
una vez más.
