Cuando el cerebro se cansa de pensar: trauma, polarización y la ilusión de las buenas y las malas personas.

¿Te has fijado en que, cada vez más, las redes sociales parecen dividir el mundo entre personas buenas y personas malas?
En tiempos de incertidumbre, crisis de seguridad y agotamiento emocional, nuestro cerebro busca respuestas rápidas para recuperar una sensación de control. Sin embargo, esa necesidad puede convertirnos en presa fácil de una nueva forma de desinformación: el intrusismo de influencers que lucran con la ansiedad colectiva ofreciendo explicaciones simplistas sobre fenómenos profundamente complejos.
Apoyándonos en la filosofía médica de Georges Canguilhem, la psicología social y la neurociencia del trauma, exploraremos cómo la polarización, lejos de ser únicamente un problema ideológico, puede representar también una respuesta biológica y psicológica frente al miedo, el desamparo y la incertidumbre. Comprender este fenómeno quizás sea el primer paso para recuperar aquello que define a una sociedad mentalmente saludable: su capacidad de pensar críticamente, adaptarse y convivir con la complejidad.

La necesidad de distinguir entre lo bueno y lo malo parece acompañar a la humanidad desde sus orígenes. 

Las culturas han construido relatos, leyes, religiones y sistemas morales destinados a establecer qué conductas deben ser promovidas y cuáles deben ser rechazadas. A primera vista, esta tendencia parece una expresión natural de la vida social. Sin embargo, cuando observamos este fenómeno desde la filosofía médica de Georges Canguilhem, emerge una comprensión mucho más compleja.

Para Canguilhem, la vida no es indiferente. Todo organismo vivo establece preferencias. Prefiere aquello que favorece su conservación y rechaza aquello que amenaza su existencia. La salud misma implica una valoración permanente del entorno. Desde esta perspectiva, la tendencia humana a clasificar experiencias, conductas y personas no constituye necesariamente un error, sino una expresión de un mecanismo vital orientado a preservar la cohesión individual y colectiva.

Las comunidades humanas, al igual que los organismos biológicos, necesitan definir ciertos límites para garantizar su estabilidad. Esta necesidad de orden permite generar normas compartidas, establecer marcos de convivencia y proteger al grupo frente a amenazas reales. Sin embargo, el problema aparece cuando aquello que originalmente era una estrategia adaptativa comienza a rigidizarse hasta transformarse en una estructura incapaz de tolerar la diferencia.

Canguilhem sostenía que lo patológico no consiste únicamente en la presencia de una enfermedad, sino en la pérdida de la capacidad de adaptación. Un organismo sano no es aquel que vive en condiciones perfectas, sino aquel que conserva la posibilidad de crear nuevas respuestas frente a situaciones cambiantes. Del mismo modo, una sociedad saludable no es aquella que elimina todo conflicto o diversidad, sino aquella que posee la flexibilidad suficiente para integrar diferencias sin convertirlas automáticamente en amenazas.

La polarización extrema representa precisamente la pérdida de esta capacidad adaptativa. Cuando una comunidad comienza a dividir sistemáticamente la realidad entre buenos y malos, normales y anormales, correctos e incorrectos, deja de percibir la complejidad inherente a la condición humana. El otro deja de ser una persona para transformarse en una categoría. Desaparece la historia, desaparecen los contextos, desaparece la posibilidad de cambio.

Esta observación encuentra un poderoso respaldo en la psicología social contemporánea. Diversas investigaciones han demostrado que el cerebro humano experimenta incomodidad frente a la ambigüedad. La teoría del cierre cognitivo explica que las personas tienden a buscar respuestas rápidas y definidas cuando enfrentan incertidumbre. Clasificar a alguien como bueno o malo reduce temporalmente la ansiedad porque simplifica una realidad que de otro modo exigiría un procesamiento mucho más complejo.

La teoría de la identidad social complementa este fenómeno mostrando que los grupos humanos construyen parte de su autoestima colectiva diferenciándose de otros grupos. Surgen así las divisiones entre “nosotros” y “ellos”. Los primeros representan la virtud, la razón o la verdad; los segundos encarnan el error, la amenaza o el peligro. Esta dinámica fortalece la cohesión interna, pero suele hacerlo a costa de la exclusión y la deshumanización de quienes quedan fuera de los límites del grupo.

A ello se suma el conocido error fundamental de atribución. Cuando observamos una conducta negativa en otra persona solemos interpretarla como una característica esencial de su personalidad, ignorando las circunstancias que podrían explicarla. Un error puntual se convierte en una identidad permanente. Una conducta desafortunada se transforma en una condena moral. Así, la complejidad de una vida entera queda reducida a una etiqueta.

La historia demuestra que este mecanismo no opera únicamente a nivel individual. Las sociedades también proyectan sus propias contradicciones sobre determinados grupos o individuos. Surge entonces la figura del chivo expiatorio. Aquello que resulta difícil reconocer dentro de nosotros mismos es depositado sobre otros, quienes terminan representando simbólicamente el mal que deseamos expulsar. El resultado es una sensación ilusoria de purificación colectiva que raramente resuelve los problemas de fondo.

Sin embargo, comprender estos fenómenos únicamente desde la filosofía o la psicología social resulta insuficiente. La tendencia humana a clasificar personas, construir enemigos o buscar certezas absolutas no solo responde a dinámicas culturales o grupales. También está profundamente influida por la forma en que nuestro cerebro aprende a sobrevivir frente al dolor, la incertidumbre y la amenaza. Para comprender por qué la polarización puede transformarse en una necesidad emocional tan intensa, debemos incorporar ahora la mirada de la neurociencia del trauma y los mecanismos biológicos que regulan nuestra percepción del peligro.

Del trauma a la polarización: cuando el cerebro aprende a sobrevivir

Hasta aquí hemos revisado cómo las personas y los grupos construyen categorías morales para ordenar la realidad. Sin embargo, para comprender plenamente por qué tendemos a dividir el mundo entre buenos y malos, es necesario descender aún más profundamente: hasta la biología misma de nuestra supervivencia.

La neurociencia contemporánea ha demostrado que gran parte de nuestras decisiones, intuiciones y juicios sociales no nacen exclusivamente de procesos racionales. Muchas veces emergen de sistemas cerebrales diseñados para mantenernos vivos. El cerebro humano evolucionó para detectar amenazas antes que para comprender la complejidad. En otras palabras, sobrevivir siempre ha sido más importante que tener razón.

Cuando una persona atraviesa experiencias traumáticas o períodos prolongados de estrés, el sistema nervioso modifica su funcionamiento. La amígdala cerebral, estructura encargada de detectar señales de peligro, comienza a registrar con especial intensidad determinados estímulos asociados a experiencias dolorosas. Tonos de voz, expresiones faciales, gestos, contextos sociales e incluso determinadas formas de relacionarse pueden quedar almacenadas como señales de amenaza potencial.

Lo que popularmente llamamos intuición suele corresponder, en gran medida, a este proceso de reconocimiento de patrones. La sensación inmediata de confianza o desconfianza hacia alguien no siempre proviene de una comprensión profunda de esa persona. Muchas veces surge porque el cerebro compara el presente con experiencias significativas del pasado y realiza una predicción automática sobre el nivel de riesgo que percibe.

Cuando el cerebro prefiere equivocarse antes que volver a sufrir

La neurociencia utiliza el concepto de alostasis para describir la capacidad del organismo de mantener la estabilidad adaptándose continuamente a las exigencias del entorno. El cuerpo humano no permanece sano porque todo sea predecible, sino porque ajusta permanentemente sus respuestas frente a los desafíos que enfrenta.

Sin embargo, este proceso tiene un costo.

Cuando el estrés se vuelve crónico aparece lo que se conoce como carga alostática: el desgaste físico y psicológico acumulado por vivir durante demasiado tiempo en estado de alerta.

En estas circunstancias el cerebro comienza a operar mediante un mecanismo predictivo alostático. En lugar de esperar evidencia suficiente para determinar si algo representa un peligro, se anticipa. Realiza cálculos rápidos, muchas veces inconscientes, para prevenir futuros daños.

Desde una lógica evolutiva esto tiene sentido. Para el cerebro resulta menos costoso equivocarse considerando peligrosa una situación inocua que ignorar una amenaza real.

El problema aparece cuando esta estrategia deja de ser temporal y se transforma en una forma habitual de interpretar el mundo.

El detector de humo descalibrado

Podemos imaginar este fenómeno mediante una metáfora sencilla.

Pensemos en el sistema de alarma de una casa.

Cuando funciona adecuadamente, el detector de humo se activa únicamente frente a un incendio real. Sin embargo, después de un incendio importante el sistema puede quedar excesivamente sensible.

Ahora el vapor de una ducha caliente o una tostada ligeramente quemada bastan para activar la alarma.

El detector no está intentando perjudicarnos.

Está intentando protegernos.

Pero lo hace reaccionando ante peligros que ya no existen.

Algo similar ocurre con muchas de nuestras intuiciones. En ocasiones no estamos observando el peligro presente, sino reaccionando ante recuerdos de peligros pasados que continúan operando dentro de nuestro sistema nervioso.

Ansiedad mixta: vivir acelerado y agotado al mismo tiempo

En contextos de incertidumbre prolongada aparece con frecuencia lo que clínicamente se denomina ansiedad mixta o ansiedad-depresión mixta.

Se trata de una combinación particularmente desgastante.

Por un lado, la persona vive preocupada por el futuro, anticipando amenazas, riesgos y escenarios negativos. Por otro, experimenta cansancio emocional, pérdida de energía, desmotivación y una sensación persistente de desgaste.

Es como conducir un vehículo con el acelerador completamente presionado mientras el estanque de combustible se encuentra prácticamente vacío.

El cuerpo sigue corriendo.

Pero cada vez dispone de menos recursos para hacerlo.

Hipervigilancia: cuando todo parece peligroso

La hipervigilancia es una consecuencia frecuente de este proceso.

Se trata de un estado de observación permanente en busca de posibles amenazas. El cerebro escanea continuamente el entorno, las conversaciones, las expresiones faciales, las noticias y los comportamientos ajenos intentando anticipar riesgos.

En condiciones normales, la atención humana alterna entre momentos de alerta y momentos de descanso.

La hipervigilancia rompe este equilibrio.

La persona nunca termina de sentirse segura.

Y cuanto más intenta protegerse, más agotada termina.

Fatiga mental: la factura biológica del estrés

Toda vigilancia permanente tiene un costo.

La fatiga mental es precisamente la factura que el sistema nervioso cobra después de meses o años funcionando bajo condiciones de incertidumbre, amenaza o presión constante.

No se trata de una falta de voluntad.

Tampoco de una debilidad personal.

Es el resultado natural de un cerebro que ha debido invertir enormes cantidades de energía intentando anticipar problemas, controlar riesgos y adaptarse continuamente a situaciones estresantes.

Plasticidad mental y normatividad: la salud según Canguilhem

Aquí reaparece con fuerza la propuesta de Georges Canguilhem.

Para este autor, la salud no consiste en ajustarse pasivamente a una norma fija. La verdadera salud se expresa en la capacidad de crear nuevas respuestas frente a situaciones cambiantes.

Podemos llamar a esta capacidad plasticidad mental.

La plasticidad mental es la facultad de escuchar perspectivas distintas, revisar nuestras creencias, comprender contextos diversos y generar nuevas formas de adaptación.

Cuando esta capacidad disminuye, el individuo comienza a refugiarse en explicaciones rígidas.

El mundo deja de percibirse como una realidad compleja y pasa a organizarse mediante categorías absolutas.

Aparecen entonces los binarismos.

Buenos y malos.

Aliados y enemigos.

Víctimas y culpables.

La armadura de hierro y la piel sana

Podemos comprender esta diferencia mediante una segunda metáfora.

Una piel sana es flexible. Se adapta a la temperatura, cicatriza cuando se lesiona y mantiene contacto con el entorno.

Ahora imaginemos a una persona que ha sufrido una quemadura grave.

Para protegerse decide cubrir completamente su cuerpo con una armadura de hierro.

La armadura reduce el riesgo de nuevos golpes.

Pero también impide moverse libremente, sentir el ambiente y adaptarse a los cambios.

La polarización extrema funciona de manera similar.

Dividir rígidamente el mundo entre buenos y malos puede ofrecer una sensación inmediata de seguridad.

Pero también limita nuestra capacidad para comprender la complejidad humana, reconocer matices y construir formas más saludables de convivencia.

La defensa que inicialmente nos protegía termina convirtiéndose en una prisión.

Y es precisamente en ese momento cuando una estrategia de supervivencia comienza a transformarse en una forma de sufrimiento.

El cerebro humano ha evolucionado para sobrevivir, no para ser objetivo. Ante experiencias traumáticas o altamente significativas, estructuras como la amígdala cerebral registran con extraordinaria intensidad los elementos asociados al peligro. Tonos de voz, expresiones faciales, posturas corporales o determinadas situaciones quedan almacenadas como señales potenciales de amenaza.

Lo que muchas veces denominamos intuición suele corresponder a este sistema de reconocimiento de patrones. Cuando una persona siente desconfianza inmediata hacia alguien, no necesariamente está percibiendo una verdad oculta. Con frecuencia, su cerebro está comparando información presente con experiencias pasadas que quedaron registradas como peligrosas.

Desde una perspectiva evolutiva, este mecanismo posee una enorme utilidad. Resulta más seguro equivocarse considerando peligrosa una situación inocua que ignorar una amenaza real. Sin embargo, cuando el trauma altera profundamente los sistemas de alerta, el cerebro comienza a privilegiar sistemáticamente los falsos positivos.

Aquí encontramos un extraordinario punto de encuentro con la obra de Canguilhem. El trauma reduce el margen de tolerancia del organismo. La persona deja de operar desde una normatividad flexible y comienza a funcionar bajo una lógica defensiva rígida. Lo que antes era una estrategia adaptativa temporal termina convirtiéndose en una norma permanente.

Podemos imaginar este proceso como un detector de humo que ha quedado descalibrado después de un incendio. Antes reaccionaba únicamente frente a un peligro real. Ahora interpreta el vapor de una ducha o una tostada quemada como si se tratara de una emergencia. El sistema sigue intentando protegernos, pero lo hace al costo de distorsionar nuestra lectura de la realidad.

Algo similar ocurre cuando clasificamos personas como sádicas, narcisistas, egoístas o peligrosas únicamente por intuiciones inmediatas o características superficiales. En muchos casos no estamos observando objetivamente a la otra persona; estamos observando las huellas que dejaron experiencias anteriores sobre nuestros propios mecanismos de supervivencia.

Si estos mecanismos permanecieran únicamente dentro de nuestra biología individual, sus efectos serían limitados. Sin embargo, vivimos en una época donde las tecnologías digitales han aprendido a captar, amplificar y monetizar precisamente estas vulnerabilidades psicológicas. Los algoritmos no crean nuestros sesgos, nuestros miedos ni nuestra necesidad de certeza, pero sí pueden potenciarlos hasta niveles inéditos. Es aquí donde la discusión se desplaza desde el cerebro individual hacia el ecosistema digital que habitamos diariamente.

Las redes sociales funcionan mediante algoritmos diseñados para captar y retener la atención. Para ello privilegian contenidos emocionalmente intensos, simples y polarizados. La complejidad rara vez genera interacción masiva. El conflicto, en cambio, produce clics, comentarios y tiempo de permanencia.

En este contexto ha proliferado una nueva figura: el influencer que opina sobre salud mental sin formación profesional suficiente. El problema no radica únicamente en la existencia de errores conceptuales. El verdadero riesgo consiste en que estas narrativas simplificadas transforman fenómenos psicológicos complejos en diagnósticos instantáneos y etiquetas rígidas.

La pregunta “¿cómo identificar una mala persona?” se vuelve viral porque ofrece una ilusión de certeza. Reduce la complejidad humana a listas, señales y categorías aparentemente fáciles de reconocer. Pero esta simplificación termina alimentando exactamente aquello que Canguilhem describía como patológico: la pérdida de flexibilidad normativa.

La audiencia comienza a observar su entorno desde una posición de hipervigilancia permanente. Cada desacuerdo parece una agresión. Cada conducta incómoda parece un trastorno. Cada diferencia parece una amenaza. El pensamiento crítico es reemplazado progresivamente por la lógica binaria del aliado o enemigo.

Esta problemática se vuelve especialmente sensible cuando ocurre en contextos de crisis sociales prolongadas.

Las sociedades sometidas a incertidumbre económica, inseguridad, desconfianza institucional y conflictos políticos experimentan un aumento significativo de ansiedad colectiva. El sistema nervioso social comienza a funcionar bajo parámetros similares a los observados en individuos expuestos a estrés crónico.

Chile ofrece un escenario particularmente ilustrativo. Los últimos años han estado marcados por transformaciones políticas profundas, procesos constitucionales, crisis de seguridad, dificultades económicas y crecientes niveles de desconfianza institucional. Como consecuencia, amplios sectores de la población viven bajo estados persistentes de incertidumbre, fatiga emocional y agotamiento psicológico.

En este contexto, los algoritmos encuentran un terreno extraordinariamente fértil. Una ciudadanía cansada busca explicaciones simples para problemas complejos. Busca certezas en medio de la incertidumbre. Busca responsables concretos para malestares difusos. Y el ecosistema digital responde ofreciendo exactamente aquello que el cerebro agotado desea escuchar: narrativas rápidas, emocionalmente intensas y moralmente polarizadas.

La consecuencia final es paradójica. Mientras más intentamos recuperar seguridad mediante clasificaciones rígidas, más disminuye nuestra capacidad para comprender la realidad. Mientras más buscamos certezas absolutas, más empobrecemos nuestra capacidad de pensamiento crítico. Mientras más dividimos el mundo entre buenos y malos, más nos alejamos de la complejidad que caracteriza a la experiencia humana.

Quizás por ello la pregunta más importante no sea quién tiene razón en una sociedad polarizada. Quizás la pregunta sea cuánto de esa polarización refleja realmente diferencias ideológicas y cuánto expresa el agotamiento de sistemas nerviosos individuales y colectivos que han permanecido demasiado tiempo en estado de alerta.

quizás esconde algo más profundo: un intento desesperado del ser humano por recuperar una sensación de orden en medio de la incertidumbre.

La filosofía médica de Georges Canguilhem, la psicología social, la neurociencia del trauma y los fenómenos contemporáneos de la cultura digital permiten observar este proceso desde una perspectiva distinta. Tal vez la polarización no sea únicamente un problema ideológico. Tal vez también sea una respuesta biológica, psicológica y social frente al miedo, el agotamiento y la dificultad de convivir con la complejidad.

A partir de esta reflexión, exploraremos cómo la necesidad de distinguir entre lo bueno y lo malo puede funcionar inicialmente como una estrategia de supervivencia, pero también cómo puede transformarse en una trampa que empobrece nuestra capacidad de comprender al otro, de adaptarnos y de convivir en sociedades cada vez más diversas e inciertas.

La pregunta que permanece abierta

Quizás el problema no sea que las personas busquen distinguir entre el bien y el mal. Después de todo, la necesidad de orientarnos en el mundo forma parte de nuestra condición humana. El problema aparece cuando esa búsqueda de orden se transforma en una necesidad compulsiva de simplificar la realidad, reduciendo la complejidad de las personas a etiquetas inamovibles.

La filosofía de Canguilhem nos recuerda que la salud no consiste en permanecer inmóviles dentro de una norma rígida, sino en conservar la capacidad de crear nuevas formas de adaptación frente a los cambios del entorno. La neurociencia del trauma nos muestra que el cerebro, cuando ha sufrido demasiado, puede preferir la certeza equivocada antes que la incertidumbre. La psicología social evidencia que los grupos humanos suelen construir identidades fortaleciendo las fronteras entre “nosotros” y “ellos”. Y la cultura digital parece haber descubierto que el miedo, la indignación y la simplificación producen más interacción que la reflexión pausada.

Quizás por eso las preguntas más importantes de nuestro tiempo no sean políticas ni tecnológicas, sino profundamente humanas.

¿Estamos observando la realidad tal como es o la estamos filtrando a través de nuestras heridas, nuestros temores y nuestro cansancio acumulado?

¿Las personas que consideramos peligrosas son realmente una amenaza o estamos respondiendo a recuerdos antiguos que aún habitan nuestro sistema nervioso?

¿La intuición que sentimos frente a otros proviene de una comprensión genuina o de un detector de humo emocional que quedó descalibrado después de experiencias dolorosas?

¿Hasta qué punto nuestras opiniones son realmente nuestras y cuánto de ellas ha sido moldeado por algoritmos diseñados para captar nuestra atención mediante la rabia, el miedo y la polarización?

¿Estamos formando juicios éticos o simplemente reaccionando desde un estado de hipervigilancia colectiva?

¿Es posible que una sociedad aparentemente polarizada sea, en realidad, una sociedad profundamente agotada?

¿Estamos enseñando a las nuevas generaciones a pensar críticamente o únicamente a elegir bandos?

¿Podemos convivir con la incertidumbre sin necesidad de convertir al otro en enemigo?

¿Podemos recuperar la flexibilidad mental necesaria para comprender que una persona es siempre más compleja que la etiqueta que le asignamos?

Y, finalmente, una pregunta quizás más incómoda que todas las anteriores:

Si la verdadera salud consiste en adaptarnos sin perder nuestra humanidad, ¿cuánto de nuestra propia humanidad estamos dispuestos a sacrificar para sentirnos seguros?

Porque tal vez el desafío más urgente de nuestra época no sea descubrir quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Tal vez el verdadero desafío sea aprender a convivir con la complejidad sin dejar que el miedo piense por nosotros.

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