Creciendo en la oscuridad

La historia nos recuerda la importancia de mantener nuestra autenticidad, ser conscientes de nuestros propios deseos y motivaciones, y aprender a discernir entre lo superficial y lo genuino en nuestras relaciones y en nosotros mismos. También advierte sobre los peligros de caer en la trampa de la vanidad y la manipulación.

**CRECIENDO EN LA OSCURIDAD**

Hace siglos, en un pueblo de las frías tierras del norte, existía una joven mujer bruja que se dedicaba a la partería en clandestinidad, ya que los médicos de la época las perseguían en la caza de brujas para matarlas, porque les resultaba insoportable que las mujeres tuvieran más conocimiento que ellos acerca de sus cuerpos que el decir de la ciencia, e incluso sobre el control de la natalidad, lo cual resultaba nefasto para los médicos de esa época, ya que el rey los obligaba a parir por necesidad de mano de obra. Las mujeres, conocidas como Mayeutas, poseían saberes que se transmitían de generación en generación, desde sus ancestros hasta las nuevas Mayeutas que nacían.

Un día, esta joven bruja conoció al hombre de las mil caras y empezó a caminar junto a él, llenando su mundo de elogios y admiración, hasta que llegó un momento en el que ella dejó de ser luz. Cada día y experiencia que obtenía la llevaban a la duda, casi cartesiana en su pensar, una remota posibilidad de seguir alimentando su ego, a niveles tales que ella observaba cómo se había vuelto un enorme devorador de los elogios, un adicto a los aplausos, un obsesionado con el reconocimiento a la excelencia. Su escenario era una competencia solapada con el más brillante de la pizarra. Divertía ver cómo se convertía en un gallito de popularidad vacua. La verdad es que para esta bruja, observar estas conductas se había vuelto demasiado cómico. Parecía estar viendo en la tele de otras épocas en blanco y negro una graciosa paliza de los tres chiflados, donde el hombre estaba contenido y atrapado en esos tres dementes. La postura e investidura circunspecta de aquel que ilumina con la palabra al neófito, esa postura que luego de echarte en la cama se reduce a la nada, para luego desaparecer, solo, pero con el miedo tétrico de mirarse a sí mismo.

Ahí, ya no necesitaba engañar a nadie, porque finalmente entraba en su cuarto misterioso para quitar las 5897 máscaras que llevaba durante casi 10 horas. Sus agentes marrones, secretos encargados por él en la función del panóptico, le entregaban sus últimos reportes. Luego, después de su aprobación y una recompensa, como perros falderos moviendo la cola por la palabra del líder, también iban a echarse en sus colchones fétidos y pestilentes, rodeados de seres falsos.

La joven bruja, observando todo este circo pobre, se divertía cada día más porque aprendía también a usar las máscaras de las mil caras. La joven bruja iba creciendo poco a poco en la oscuridad, afinando su poder de mirar cada careta de las máscaras, y así alcanzaba el máximo poder de ver lo real. Ella sentía que estaba frente a un conjunto de payasos necesitados y carentes de arte, todos contenidos en ese hombre de las mil caras.

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