Casa sin barrotes.
El miedo hacía de llave.
Yo me quedaba
II
Sueño ajeno arde:
Caigo mientras tú juegas.
Nadie me mira.
III
Desde el pantano
Alza su cuello el loto.
No huele a miedo.
IV
Lodo en la raíz.
No es del agua que la hiere
La flor que abre.
Anatomía de una permanencia
Donde no hubo.
Este texto no se escribe desde la calma.
Es escrito desde la memoria del cuerpo, desde el miedo sostenido, desde la adaptación forzada que ocurre cuando amar se vuelve sobrevivir.
Es la historia de una relación que no pidió permiso para instalarse.
Avanzó como avanzan las cárceles invisibles: primero prometiendo refugio, luego exigiendo silencios, finalmente administrando castigos.
No hubo barrotes. Hubo miedo al abandono. Hubo una herida antigua que aprendió demasiado temprano que perder al otro, era peor que perderse a sí misma.
La violencia psicológica no llegó de golpe.
Llegó fragmentada.
En escenas pequeñas, repetidas, normalizadas.
En el aprender a medir palabras.
En el anticipar estados de ánimo.
En el callar para evitar estallidos.
En el confundir amor con aguante.
El duelo fue una muerte anunciada.
Una que se resistía entre las sábanas, entre el humo del cigarro, entre la comida usada como anestesia.
Una muerte lenta, sin ritual, donde la cabeza se llenaba de preguntas sin respuesta:
¿Qué me faltó dar?,
¿Por qué no fui suficiente?,
¿Cuánto más debía soportar?
Años sosteniendo juramentos que no eran promesas, sino cargas.
Años de llanto tragado con Coca-Cola, hamburguesas, cigarros, hasta que la escena volvía a repetirse.
Siempre se repetía.
Para no sentir, aprendimos a acortar las palabras y a alargar los silencios.
Construimos laberintos como forma de convivencia: primero de una pieza a otra, luego de una casa a otra, después de cuadras enteras.
El refugio parecía más seguro, pero el encierro era más sofisticado.
Escuché durante años relatos constantes de quejas, agravios y victimización.
Escuché cómo el maltrato ejercido hacia mí era luego narrado como injusticia sufrida.
Escuché conflictos con vecinas, jefaturas, familiares, amistades, instituciones completas.
Siempre el mundo era hostil.
Siempre el problema estaba afuera.
Mientras tanto, yo me quedaba.
No por amor.
Por miedo.
Miedo al abandono.
Miedo a los silencios punitivos.
Miedo a provocar estallidos.
Miedo a perder la mínima tregua que ofrecía la estabilidad material.
Fui testigo de una vida sostenida en la comodidad como anestesia: comida comprada para calmar crisis, sustancias para regular estados emocionales, acumulación de objetos como falsa seguridad.
Vi cómo la crítica al sistema convivía con una profunda dependencia de él.
Cómo se hablaba de pensamiento sin estudio, de filosofía sin elaboración propia, de discursos prestados usados como disfraz.
Y yo, por miedo, validaba.
Callaba.
Sostenía.
Vi el descuido corporal, la cama como único territorio vital, la ausencia de hábitos mínimos.
Vi la ira contenida, los dientes apretados, la violencia dirigida hacia personas más vulnerables: un jefe anciano, desconocidos en la calle, un niño que admiraba y fue dañado con palabras.
Vi la imposibilidad de cuidar sin dominar.
Y aun así, me quedé.
El sueño
Hay un hecho que nunca olvidé.
No fue un sueño mío.
Fue tu sueño.
Una mañana despertaste llorando, profundamente alterada. Dijiste que habías tenido una pesadilla conmigo. Me relataste cada escena con detalle, aún tomada por la angustia. Dijiste que solo era un mal sueño, pero el cuerpo no mentía.
En ese sueño estabas en tu departamento, acompañada por tus antiguos compañeros de instituto. Yo aparecía herida, descompuesta, claramente en peligro. Ellos lo notaban. Se preocupaban. Te advertían que yo no estaba bien. En la escena existía una función testigo: alguien veía, alguien registraba.
Tú, en cambio, permanecías indiferente.
Seguías jugando en la consola.
Decías que yo exageraba.
Que lo mío era “show”.
Mientras yo me deshacía frente a ti, tú no interrumpías el juego.
Hasta que, en el sueño, yo salía al balcón envuelta en una sábana y me lanzaba al vacío desde tu departamento. Mi muerte ocurría frente a ti, frente a ellos, sin que tú hicieras nada por impedirla.
Hoy comprendo el alcance de ese sueño.
No como anécdota, sino como verdad psíquica.
Desde una lectura psicoanalítica, los sueños son formaciones del inconsciente. No dicen la verdad de los hechos, sino la verdad del deseo y del conflicto. Y este sueño no hablaba de mi muerte literal, sino de algo más profundo y perturbador: la necesidad inconsciente de eliminar aquello que confronta, limita o exige responsabilidad afectiva.
Una pulsión de muerte orientada al vínculo.
Un narcisismo defensivo incapaz de tolerar la diferencia.
Una identificación proyectiva donde lo frágil, lo dependiente, lo derrumbado debía alojarse en otro para no ser reconocido como propio.
Mientras yo caía, tú jugabas.
Mientras yo desaparecía, tú seguías intacta.
Ese patrón no era nuevo.
Era repetición.
La relación ambivalente con tu madre —odiada y necesaria al mismo tiempo— se replicó conmigo casi sin variaciones. Cuando el vínculo se volvía demasiado confrontante, la respuesta no era elaboración, sino ataque, retirada o deshumanización.
El sueño anticipó lo que luego ocurrió en la realidad: una muerte simbólica, ejecutada sin palabras, sin despedida, sin reparación.
No hubo cuerpo.
Pero hubo aniquilación.
Yo morí para ti.
Pero yo sobreviví para mí.
Salí de esa cárcel con miedo, todavía.
Porque el miedo no desaparece de inmediato.
Porque entregué lo más valioso: mi vocación, mi trabajo, mi ética de cuidado.
Porque para mí trabajar es servir.
Y servir es amar.
Y eso nunca fue visto.
Hoy sé que no hubo amor.
Hubo necesidad.
Hubo uso.
Hubo una relación sostenida desde la conveniencia y el control emocional.
Me perdono por los años en que me abandoné.
Me pido perdón por haber confundido resistencia con amor.
Me abrazó por haber salido viva.
Y escribo esto también como psicóloga.
Porque a mi consulta llegan estos dolores.
Llegan personas que dudan de su percepción, que creen exagerar, que se sienten culpables por haber aguantado.
Y hoy puedo decirles, con verdad profesional y humana:
Te comprendo, porque lo viví.
Ser psicóloga no me exime de las sombras.
Me obliga a mirarlas.
A nombrarlas.
A transformarlas en memoria ética.
Esta carta es para quienes temblaron en silencio.
Para quienes pidieron perdón sin deberlo.
Para quienes sobrevivieron adaptándose.
Y para la mujer que fui:
Hoy no te juzgo.
Hoy te libero.
Hoy te abrazo.
